Vivía en un mundo sencillo. Los buenos eran nobles, los males eran malignos y había la verdad. Sonreía cuando estaba feliz y todos le correspondían con amabilidad. Cuando estaba triste, encontraba solidaridad y veía lágrimas en toda cara que miraba. Su vida era tranquila, excepto cuando peleaba contra la oscuridad con su espada de dos filos. Dos filos, dos realidades. Sin embargo, todos sus siervos y amigos le decían que sentenciaba bien. La vida es fácil cuando se sabe la verdad.
Una mañana un ruido de algo roto le despertó. Abrió los ojos, pero no podía ver nada. Caminó con su ceguera entre las habitaciones y galerías llamando a sus amigos y siervos. Nadie le contestó. Su castillo estaba vacío. Sintió una tristeza profunda. Insoportable. Lloró hasta sufocar sus lamentos. Se durmió exhausto.
El día siguiente, podía ver otra vez. ¡Milagro! Buscó a alguien, quienquiera. Necesitaba compartir su terrible experiencia. Otra vez no encontró a nadie. Pero por primera vez pudo comprender como eran construidas las paredes de su morada. Su palacio era hecho de vidrio, ornamentado con muchos espejos. Una pared había sido quebrada por la espada el día anterior. Miró a través de la hendidura y descubrió que su castillo estaba forjado en el aire. No le quedaban más lamentos. O pena. La vida es dura cuando se sabe la verdad.
Ninfa Negra
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