La figura negra que vigilaba el atardecer
era la ninfa que guardaba dos astros amantes
en ciclos de silencio.
Jugaba todos los días con rayos de sol,
después bailaba en la luz de la luna.
Su trabajo era distraer los cuerpos celestes
y no permitir que se encontraran.
Ser la guardiana de sus trayectos le causaba daños.
Los rayos del sol le dejaban cicatrices.
Los de la luna le corrompían la sanidad.
Por eso era negra: vivía en las sombras.
Un día se enamoró de un humano.
Su corazón enternecido
no le permitió que domara a los astros.
Fue este el día que una ninfa inició un eclipse.
Su pena fue ver su novio ser transformado
en polvo blanco para llenar el cielo
con lágrimas de sufrimiento.
Desde este día la ninfa encarna el negro del alma
vestida en un manto de noche
simplemente porque le gusta
mirar el brillo de las estrellas.
NN
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